domingo, 15 de agosto de 2010

Entre lluvias, vacaciones, aguas y lágrimas



La Lluvia de Hojas de hoy viene con agua abundante, es decir con sentimientos, lágrimas, nubes grisáceas y toda una gama líquida, tal y como corresponde a un chaparrón de temporada.

En una primera reflexión se recorre, en esos ríos que transitan del cielo a la tierra y viceversa, la necesidad de la pausa entre las lluvias para centrarnos en nuestra existencia. Trabajo para el lector es la sugerencia que este texto hace. Trabajo en vacaciones.

Luego un relato sobre un ser fantástico, Sirena 3, continúa en las profundidades del océano nuestra búsqueda, o del inconsciente que viene a ser lo mismo en este mundo de las palabras.

Tres poemas, como siempre, finalizan el número de hoy, abundando sobre la lluvia, el agua y las lágrimas, todas unidas en la corriente del sentimiento, inseparable compañero de consciencia del ser humano.

Que la Lluvia refresque al lector y su pausa le permita una productiva reflexión.


La pausa de la Lluvia



Acaso sea el momento de detenerse, como la lluvia cuando ha cumplido su cometido de regar el suelo. Aunque a veces la lluvia parezca no concluir nunca, en el torrencial desplome de los cielos líquidos, siempre habrá un punto en el que el diluvio cesa y se establece una alianza, una armonía, entre las aguas y la tierra.

Ese período de paz, de calma, de suave melancolía, es tiempo de reflexión. La introspección que establece la distancia de los hechos de la cotidianidad con ese período en el que estamos solos con nuestros pensamientos y no en arrebatadora confluencia con todo el ritmo externo, frenético, de actividades, se hace indispensable para que aprovechemos los beneficios de esa agua revitalizadora de las ideas, del sentimiento y de la acción.

La repetición de nuestros días, a menudo, nos hace caer en la rutina. Una y otra vez volvemos sobre los mismos pasos hasta que estos pierden significado. Una parada obligatoria, una vacación de la diaria actividad es indispensable para organizar nuestra mente y nuestro sentir. Ese es el sentido primordial de esos períodos de asueto obligatorio en la actividad laboral.

En realidad de lo que no debemos tomar vacaciones nunca es de nuestra posibilidad de encuentro con nuestra interioridad. Encuentro con nuestros pensamientos, sentimientos e intenciones. Y si tomamos distancia absoluta de ellos, si los suprimimos, es porque entramos en el vértigo alienado de la rutina, exactamente lo contrario de lo que significa esa parada obligatoria.

La pausa es una conveniente actitud ante nuestro destino. Hoy en día estamos desacostumbrados a ella. La inmediatez de todo lo que acontece, la rapidez de la comunicación, la simultaneidad de acciones, todos aspectos positivos de nuestros alcances en las posibilidades que nos da la tecnología, llegan a ser un impedimento para aprovechar ese momento en el que suspendemos toda otra acción para dedicarnos a nuestras propias meditaciones, a nuestro ordenamiento interior.

En siglos pasados, el alejarse del sitio habitual de vivienda, cosa que solo algunos privilegiados podía hacer, ya permitía una cierta pausa. Las cartas llegaban allí, con el lento ritmo del tiempo de aquellos días y siempre nos hablaban de hechos pasados, de vistas percibidas, de vivencias en el camino de ida hacia el recuerdo. Esa pausa permitía adentrarse en ese aquí y ahora del aislado vacacionista.

No pretendo que hoy hagamos algo semejante, ni retrocedamos a esos tiempos teñidos de sepia, añorados por algunos y desagradables para otros, sino que recreemos el sentido de adentrarnos en nuestra interioridad, viajando a una región donde sólo estaremos con nosotros mismos.

Un viaje así nos reportará el beneficio de regresar con un poco más de experiencia sobre lo que verdaderamente somos.

El espacio y el tiempo entre las lluvias habrán cumplido su propósito.


Sirena 3



Soñó que era una sirena y nadaba en el fondo del océano donde una luz cenital bastante misteriosa, luz onírica, le hacía reconocer extrañas criaturas con las que estaba acostumbrada a toparse. Casi todas respetaban su presencia de soberana marina. Creía ver en ellas los signos de un sometimiento tácito, de un inamovible orden de las cosas en ese mundo de agua sobre agua.

Tentada por la luz del más allá, de ese cielo desdibujado de claridades ondulantes, cedió a subir hasta ese prohibido límite. Allí se asomó al mundo aéreo y le pareció liviano, absolutamente extraño. Imaginó que en él flotaría con mayor gracilidad de la que demostraba en sus piruetas de mujer joven con cualidades de pez.

Salió del agua en una playa desierta y su sistema respiratorio le advirtió el cambio gaseoso. No obstante, sintió más peso del que podía soportar en las profundidades aplastantes de una sima marina.

Pero más pudo la curiosidad. Se paseó desnuda, como en sueños, por entre la gente de un pueblo cercano que no comprendía su lengua de fino canto de delfín. Le parecieron toscos aquellos sonidos guturales y los gritos de los hombres al verla. Una vieja mujer compasiva le cubrió con una desdibujada manta y después por señas la vistió con un pareo a la usanza de esa isla.

En la casa de la compasiva anciana se quedó descansando, entre baños de agua marina y visitas al pueblo de los humanos. Pronto de dio cuenta que los ojos que la miraban hablaban más que los sonidos emitidos por sus gargantas. Había en ellos celos, envidia, lujuria, maldades de diversa índole conviviendo con la compasión y el afecto de algunos pocos.

El rumor profundo del volcán de la isla, hasta entonces pasivo, con su fumarola blanca y larga que en el transcurso de aciagas horas se iba agrisando, anunció serios males.

La gente la vio como la acarreadora de la desgracia. No pasaría un día sin que portando antorchas, comandados por los jefes religiosos, misioneros de la desgracia, fuesen a buscarla.

La anciana llorosa le advirtió a tiempo para encontrar una salida hacia la montaña misma que bramaba sin cesar.

En ese momento decidió despertar.

Estaba sobresaltada. Se incorporó, respiró profundo, queriendo espantar las angustias del sueño. Estiró sus brazos, vió la lejanía desde las alturas de su morada, estiró sus enormes y emplumadas alas y se echó a volar hacia el mar.


Tres poemas con lluvia o lágrimas


El mundo es una encrucijada de vías

en idas y venidas

de tiempos distintos,

capas de una gran cebolla,

venas de esas pieles

que se acercan

hasta el corazón vegetal.


Nuestros caminos se juntaron

en un punto

del tiempo.

nuestros pies caminan

desde entonces

la misma senda,

nuestros pasos se tocan.


Quiero llevarte encima de mis pies,

leve,

y recorrer todo el universo,

hasta llegar a nuestro corazón

en lo más profundo

de nuestra existencia.

No ahondaremos

en la tristeza del llanto

de esos vapores desconsolados.


Las lágrimas

sólo brotan,

fuente inagotable

de aflicciones,

por la ruptura

de la frágil superficie,

por quebrar el camino

y desviar las sendas

que nunca han debido

separarse.


No lloraremos

en este tránsito.

No

Porque somos uno

y vamos juntos

pisando

con suavidad

y firmeza

hasta el final

de la travesía.

De Instantáneos


Las imágenes de mi niñez

sólo viven en mi memoria.

Los viejos álbumes de fotos

decidieron mudarse

a recónditos basureros

por impulso ajeno.


En los rellenos poco sanitarios

los insectos juegan a disfrazarse

con los trajes de mi infancia.

Los rastreros toman mi fijo rostro sonreído

y las adustas fisonomías de mis familiares

prestadas

como caretas

para jugar a las ocasiones festivas

hasta que se cansan.

Entonces dejan expuestos mis retratos

a los elementos naturales

que se los llevan a eterios parajes.


Las imágenes de mi niñez

regresan a mi memoria

montadas sobre el viento.

Navegando por canales de piedra y tierra

en barcos de papel o en hojas derrotadas

que las corrientes de lluvia llevan al mar

Hechas cenizas de sequía,

impregnadas del olor de la quema.

Transmutadas en polvo

levantado en miles de caminos.

Y con un solo grano

llena mis ojos de una felicidad

perdida y reencontrada

con el ardor

de una lágrima

De El paso de la serpiente



Penetro en la lluvia

que es el silencio

Gotas insonoras

caen despacio

y se cuelan en mi sensibilidad

para captar lo grande y lo pequeño

o lo pequeño y lo grande

sin distingo


Puedo escuchar el trote

desordenado de las hormigas

Las motas de polvo

que caen en el agua

Los sorbos de la araña

Cuando bebe a su presa


Pero también

el suave abrir y cerrar

de unos ojos enamorados

Un sonoro beso en la distancia

Dos corazones

que laten con premura

al unísono

en la sinfonía del amor

De En el Inicio de la vida