sábado, 7 de junio de 2008

ENTRE INSULTOS Y RECUERDOS

Las hojas que trae la lluvia de hoy recorren extensos temas, tiempos y territorios. Comienza con un insulto al lector. Cosa para reflexionar sinceramente en proseguir la lectura de esta página. Sin embargo, el tema sirve para catalogar insultos que no siempre toman la palabra, sino que lanzan la piedra y sobre todo esconden la mano en lugares comunes de la conducta humana.

Dos relatos provenientes de antiguos recuerdos siguen cayendo con la Lluvia de Hojas. Porque existen también recuerdos presentes, nuevos y futuros. Estos con olor a naftalina y algún polvo pueden hacernos estornudar, en su tránsito hacia el pasado.

Sin aparente relación, solo recogen una época por demás imprecisa. No están hechos en rescate del costumbrismo sino en el de las impresiones y sensaciones perdidas en la niebla del tiempo. En uno, los personajes de Roberto y Elena viven para siempre su idilio. Y en el otro el padre Pou descorre apenas el velo de sus secretos.

Finaliza la entrega de hoy con un homenaje al poeta Eugenio Montejo, realizado con nuestro silencio y sus propias palabras.


INSULTO AL LECTOR

José Gregorio Bello Porras

Antes que los ánimos se caldeen al fragor o al rescoldo de una incomprensión de mis palabras debo advertir que no trato de descalificar al consecuente visitante de estas páginas o a quien por vez primera las recibe, quienes recorren estas palabras buscándole algún sentido, en un intento de informarse, deleitarse, pensar o desecharlas.

No está en la escogencia de esta última opción del lector la referencia a una respuesta emocional del escritor, caracterizada con un grueso epíteto. Quien escribe debe estar acostumbrado a que sus palabras no son monedas de oro – sino sólo para el editor– para gustarle bien a todos, como expresa la letra de una ranchera del mexicano Cuco Sánchez (1921-2000) convertida en célebre himno de auto-reconocimiento y extensamente interpretada en diversas ocasiones por un cantor bastante popular.

Tampoco es una descarga en contra de quienes no leen. Pagarían los justos que se dedican a la lectura por quienes se dedican a otras cosas menos lucrativas para la inteligencia. Absurdo pagarlo entonces con quien lee.

Bien. Pero si no trato de insultar al lector, me refiero al intento de algunos escritores. El título de esta oscura reflexión, pues, proviene de la existencia de muchos textos que sí desean insultar al lector, aunque no lo digan. Sobre todo cuando quieren pasar un felino mensaje solapado disfrazándolo de veloz lepórido corredor.

El lector es inteligente. El sólo hecho de tratar de descifrar lo que intentó decirle un distante ser, da el indicio de una búsqueda que sólo emprende alguien con capacidad de raciocinio.

Una de las primeras cualidades del lector, en un mundo de fáciles mensajes, es la de ser pensante. No hablaremos de los grados de tal atributo, que los hay muchos. Pero es un error creer que el lector no es capaz de interpretar lo escrito de diversas maneras. Un primer insulto es, de esta manera, tratar la lector como un ser de escaso seso. Como un castrado mental, como un bruto.

Piense ahora, estimado lector, ¿cuántas veces no lo han subestimado sobreexplicándole lo que ya intuía desde el principio de la lectura? Sutil insulto, pero inadmisible. Esto, evidentemente no quiere decir que la lectura sea sólo para mentes geniales y que todo intento de divulgación sea un agravio. No. La divulgación se sabe tal y no intenta ser otra cosa. El insulto está en la mala escritura de alguien que se cree superior a quien lo lee y le explica lo obvio.

Un segundo insulto es tratar de llevar al lector como cordero hasta el matadero de las ideas del escritor. Y decimos matadero porque, generalmente, de allí no pasan esas nociones elementales que tratan vanamente de escapar de la mente del pretendido comunicador. El seudoescritor les da muerte prematura o violenta, después de pocas explicaciones, todas reiterativas, pretendiendo hacer cómplice al lector de sus propias opiniones. Así que también la subexplicación de las ideas, los palimpsestos del razonamiento, los saltos y las sobregeneralizaciones, intencionales todas, se convierten en un insulto al lector.

Pero sobre todo, el pretender contar con la solidaridad incondicional del lector, cuando el escritor asume una posición, es una subestimación de la capacidad del destinatario de nuestros mensajes. El lector puede llegar a acompañarnos, únicamente por el acompasamiento en las argumentaciones que hagamos o de las formas expresivas que utilicemos y que le lleguen a tocar realmente sus sentimientos.

El término acompasamiento es verdaderamente útil en este sentido. Es ir a un mismo ritmo, es sentir cada una de las piezas y movernos al mismo son. Eso sí es posible. Cuando una lectura mueve a un lector es porque llega a su razón y a su sentimiento, por igual, en una especie de melodía compartida.

Al lector no lo insultan palabras soeces ni situaciones límites de cualquier tipo. Le insultan quienes creen que no está preparado para recibir la información, la descripción, la esencia de esas situaciones que tan sólo muestran al ser humano en sus cumbres y en sus simas extremas.

Ya existen pocos escritores que insultan al lector con gazmoñerías. Pero aún los hay. Claro, son ahora de nuevo tipo. Ya no hablan de flores y aves, para mencionar un célebre símil utilizado para arremeter el tema de la sexualidad. Ahora simplemente convierten en un circunloquio sin fin el hablar sobre cualquier tema que exija alguna toma de posición. El final de tales intentos es una pared, de la cual el escritor cree que el lector no debe pasar. De eso no se habla, es su lema. Pero el único que no traspasa su pared mental y que no habla de eso es el propio escritor.

Quienes desean controlar al lector, también se vuelven insultantes. Controlarlo con sugestiones que se dan con el uso de ciertas palabras, controlarlo con mandatos implícitos, controlarlo por la vía fallida que utilizó la publicidad en muchos momentos. Esto es así porque yo digo que es así y lo digo públicamente, parecieran expresar los exponentes de semejante insulto.

Insultan también al lector quienes sencillamente escriben mal y pretenden perseverar en su pésima expresión, simplemente por un deforme entendimiento de la honestidad. ¿Y, cómo hago si yo soy así y hablo de esta manera? dicen en su descargo. Vale la primera vez. Vale en un comentario. Pero no en la perseverancia del mal hablar que le revienta los oídos internos al lector. No me refiero a quienes ex profeso, hablan de determinada manera para que el lector se divierta con sus disparatados modos y argumentos. Sino de aquellos que por tener los medios de hacerlo, de escribir, simplemente lo hacen y lo hacen mal, sin saber o a sabiendas de su crimen.

Insultan al lector quienes pretenden no decirles nada, hacerles perder el tiempo, mantenerlos rehenes de las palabras hechas verdaderas redes. Y hay más de una red para perder al lector en el laberinto.

Finalmente, y por ahora, insultan al lector tanto quien lo ahuyenta con improperios, como quien utiliza el fastidio como forma de organizar la palabra, para dormitarlo y no para hacerlo despertar de tanto falso sueño y sumergirlo en verdaderos sueños, reveladores de nuevas realidades más profundas, estimuladores de la creatividad, sueños creadores, sueños posibles, aunque luzcan inalcanzables.


LA VISITA COMO SIEMPRE

José Gregorio Bello Porras

Todas las tardes entremezclan sus aromas cuando la acompaña a su casa. A su paso, él prodiga lavanda y ella agua de azahar. Enganchados desde la salida del viejo edificio bancario, bajan con solemne ternura las escaleras de su atrio. Imaginan, de mutuo acuerdo, una ceremonia nupcial que saben imposible. Pero ello les basta.

Atraviesan la calle para compartir, en el Café Viena, la merienda de rigor, el sueño de la cotidianidad eterna. Lo inmutable. Café con leche y medialunas.

Al llegar a la casa de ella, él se despide con la caballerosidad que dan los años y la educación. Sólo los jueves y los domingos se permiten la visita con la formalidad debida. La madre de ella presente. Sólo de cuerpo. Embebida como se mantiene desde hace años en la contemplación de un radio apagado por su extrema vejez.

No hablan del tiempo pasado. Sólo de un amor que se ha transformado en indestructible amistad. Y que cada vez necesita menos palabras. Ya no mencionan fechas de compromisos formales. Están allí para permanecer tal cual son. Mirándose como los jóvenes de hace cincuenta años. Con la esperanza de que el amor los salve.

En alguno de aquellos momentos, decidieron su futuro. Mantener su presente inmutable. Repetirlo hasta que fuese lo único posible. Acompañarse hasta vencer el instante en que cualquiera de ellos enfrentara la definitiva soledad.

Una leve tristeza y tres días de diferencia los separan por primera y última vez.

Pero es domingo y él decide visitarla para siempre. No en su casa sino en el cementerio, vestido de difunto como ella.

EL PADRE POU

José Gregorio Bello Porras

El padre Pou ocupó la habitación frente al patio de la casa. Siempre fue un cuarto de múltiples usos, ese donde le fue asignado morar. Por eso, tal vez, también el sacerdote chino lo utilizaba de cocina, laboratorio y templo. El olor de la cebolla se unía con el del hiposulfito y el incienso, en una mezcla que excitaba la curiosidad del niño de la casa. No era incienso litúrgico el que usaba. Era un penetrante incienso de inocultable raíz oriental.

El carácter del padre Pou era poco común para los otros habitantes de la casa. Siempre sonreía, como si nada de este mundo le preocupara, aunque disintiera de la posición del interlocutor quien, turbado de esa manera, extraviaba todos los argumentos para la discusión.

A pesar de su afabilidad, pocos lo trataban y sólo se llevaba bien con el cura párroco y con el niño de la casa. Al primero reverenciaba de continuo, agradeciendo el aposento y la oportunidad del trabajo litúrgico. Al segundo le tomaba fotos que luego de procesadas en su cuarto, coloreaba a mano.

En un carnaval, cuando disfrazaron al niño de príncipe, como casi siempre lo hacían, la madre lo dejó ir, excepcionalmente, con el padre Pou a la Plaza de la Concordia a tomarse una foto. Mientras el Padre Pou preparaba la cámara sobre el trípode, el niño jugó en la Rotonda central, escuchando el eco de sus gritos, y queriendo oír en ellos las voces de los difuntos que allí se escondían, desde la época en la que sobre esa plaza se levantaba una sombría cárcel.

El niño aprovechó unos minutos de libertad, escapado de esa prisión, o tal vez de la de su casa, para correr por las veredas de arbustos agolpados y ornados de piedra caliza bien tallada. Se escondió detrás de los setos y el padre que, para el niño, tenía superpoderes, no lo pudo encontrar.

Sólo cuando la tarde se fue apagando y la luz era la precisa para la foto, el padre Pou colocó al niño en pose, extrayéndolo como una figura de papel de detrás de unos arbustos. Corrigió la postura del pequeño modelo, retocó su maquillaje que consistía en un bigote y unas patillas pintadas con corcho quemado e hizo varias tomas para regresar presuroso, justo a celebrar la misa de seis.

El padre Pou reveló las fotos e invitó al niño a observar un mágico proceso donde su imagen aparecía de la nada, tras una nube de humo. El niño descubrió entonces que el incienso mitigaba el olor de los químicos reveladores.

El niño observó también, posteriormente, el cuidadoso proceso de pintura de la foto. El padre con finos pinceles y mucha paciencia dio color al rostro, iluminó las mejillas, abrillantó el traje de tafetán azul, la boina roja con pluma de ave zancuda, la espada de plástico semejante al metal y las plantas que le sirvieron de fondo al cuadro. El príncipe estaba listo para mantener su mirada de niño por muchos años hasta su inevitable extravío.

El padre, además de la fotografía practicaba la cocina. Preparaba un arroz blanco que sólo compartía con el niño pues a nadie más en la casa le gustaba. Lo combina con unos vegetales que le parecían al niño divertidos gusanos. Y reía sin motivo junto el Padre Pou.

El padre Pou construyó extraordinarias ficciones visuales en la mente del niño. Y guardaba oscuros secretos en cofres protegidos por tigres y dragones.

Allí reposaban, esperando un benévolo olvido, las dobladas vestimentas del monje budista que alguna vez fue.

HOMENAJE SÓLO CON SUS PALABRAS

Dura menos un hombre que una vela...

Eugenio Montejo

(Caracas, 19 de octubre de 1938 – Valencia, 5 de junio de 2008)


Dura menos un hombre que una vela

pero la tierra prefiere su lumbre
para seguir el paso de los astros.

Dura menos que un árbol,
que una piedra,
se anochece ante el viento más leve,
con un soplo se apaga.

Dura menos un pájaro,
que un pez fuera del agua,
casi no tiene tiempo de nacer,
da unas vueltas al sol y se borra
entre las sombras de las horas
hasta que sus huesos en el polvo
se mezclan con el viento,
y sin embargo, cuando parte
siempre deja la tierra más clara.

Foto de Gorka Lejarcegi (El País) 2008

Del libro: Muerte y memoria. Ediciones de la Dirección de Cultura de la U.C. Valencia, 1972

Su voz en: http://www.youtube.com/watch?v=IJb8mTxoTW0