domingo, 21 de febrero de 2010

Amor, oscuridades y reflexiones poéticas



Hoy la Lluvia de Hojas nos trae una reflexión sobre el amor, respuesta o continuación de la pasada entrega. Preguntarse sobre este sentimiento tiene la ventaja de identificarlo en nuestra propia vivencia.

También cae un relato con bruja y todo. Un recuerdo de infancia donde la bruja es perseguida por cuerpos detectivescos y no por la inquisición propiamente dicha, sino por su sustituto moderno. Los miedos y las angustias de un niño, se transparentan en ese relato de Juanita Ferrero.

Tres poemas de tres tiempos diversos finalizan la Lluvia de hoy. Son de diverso tema, interrogan la vida desde diverso ángulo. La imperfección como principio estético, la delgada línea entre vigilia y sueño y la constante interrogación del escritor sobre su texto completan esta Lluvia que aunque no resuelve ningún problema pluviométrico, bien puede refrescar al lector.


Los amores y el Amor



Cuando reflexionamos sobre la verdadera dimensión de este sentimiento nos encontramos ante la difícil tarea de definir qué es el amor. Ningún concepto puede captar toda la extensión de la vivencia del amor mismo.

Cómo puedes concretar en frases la expresión del sentimiento de una madre amorosa para con sus hijos. O la del padre que con su afecto facilita el crecimiento de su descendencia. O la ternura de dos seres enamorados. O la de quien, con sencillez y entrega, se da plenamente en servicio a las demás personas.

Las palabras tan solo quieren buscar una referencia que nos permita entender que hemos experimentado el amor.

La ciencia pocas veces se atreve a penetrar esta experiencia. En ocasiones hasta refleja un prejuicio al referirse a ella. No pocas veces reduce el tema del amor a algo que sólo tratan los poetas, los filósofos o los locos. Sólo los humanistas enfrentan con propiedad el atrevimiento de una definición.

Hay un trasfondo de temor al referirnos al amor. Tal vez sea este el temor de los científicos. Porque el amor es demasiado extenso. Y bajo su nombre se esconden o aparecen tantos sentimientos distintos, que hace difícil una única definición sensata.

Con el nombre del amor se designa el deseo por algo. Puede ser por una persona, por un animal o una cosa. El amor y el querer se confunden. Y puedo querer a alguien cercano o querer una fruta o un terreno o al dinero. El deseo, más que definirlo, oculta el amor. El amor no es sólo deseo. La palabra amor puede designar relaciones de dependencia o de sacrificio, la pasión sexual o la pureza de un encuentro con lo trascendente. El amor puede encerrar alegría o sufrimiento, éxtasis o melancolía, plenitud o desengaño. Porque cada una de esas sensaciones, por sí misma, no constituye lo que es el amor.

La experiencia de amar nos lleva a múltiples lugares. Aunque con frecuencia el amor es correspondido, amar es un riesgo. Y puede que nuestros sentimientos no sean los mismos de nuestro objeto de afecto. Somos seres individuales y nuestro mundo interior es único. Producimos nuestro amor a partir de nuestra particular experiencia, ello significa que nadie está sujeto a experimentar obligatoriamente el mismo sentimiento. Si coincidimos, será magnífico, si no de todas maneras valdrá la experiencia de amar.

En ocasiones el amor parece interesado. Pero si esperamos obtener algo con la expresión de nuestro sentimiento, la decepción nos puede acechar. Porque el amor tiene mucho de expresión incondicional.

Existe el amor por sobre la expresión individual, parcial o interesada del mismo. Existe el amor por sobre los amores particulares. Existe el amor, aunque no sepamos definirlo. Existe el amor porque lo sentimos. Si queremos capturar el amor en la descripción fría de su experiencia corremos el riesgo de juntar una serie de reacciones y comportamientos que no son el amor. Sólo manifestaciones que acuden a nuestro cuerpo, a nuestros sentidos o a nuestra mente en el momento que experimentamos el sentimiento de amar.

Podemos encerrar el amor en una definición. O dejarlo libre y comprenderlo en toda su extensión. Podemos entender que existe el amor, porque existen los amores. O a pesar de ello.


Juanita Ferrero



El niño de la casa volvió a creer en las brujas al adentrarse en el oscuro mundo de Juanita Ferrero.

Ya no eran las sombras del chaguaramo, las difusas corujas que vigilaban sus sueños. Tampoco la suposición de los misteriosos rituales nocturnos que hacía María Pinto. Ahora tenía la evidencia de constatarla en un ser de carne, hueso y humo de azufre, según suponía del olor que desprendía a su paso.

No siempre había tenido por bruja a Juanita. Cuando llegó a la casa para trabajar en labores culinarias, antes que se posesionara para siempre de ese cargo María Torres, Juanita era toda una virtuosa de las mezclas de las hierbas acertadas, tanto en sopas como guisos.

Paulatinamente, su carácter se fue descubriendo como agrio. Y en esa medida se le cortaban las cremas y se le dañaban las carnes.

Todo parecía molestarle. Sobre todo la intromisión de la madre del niño en asuntos que consideraba personales. Como era el comando de la cocina.

Porque la madre del niño de la casa siempre se mostró perspicaz frente a las personas demasiado empalagosas.

Esa dulzurar es artificial – dice. Es un dulce tan ficticio como la sacarina, que termina por amargar la vida y hacer daño.

Porque Juanita era demasiado condescendiente y almibarada con todos los que en la casa significaran alguna ventaja para sus propósitos personales. Sobre todo lo era con los hombres, el párroco, los sacerdotes y los maestros. No con las mujeres que creía la envidiaban. Y les tenía una declarada mala voluntad que se manifestaba en ofrecerles lo peor de la comida y las bebidas. Aquello que a ni los animales se puede dar sin remordimiento – decía la madre del niño.

Eso significó una declaración de guerra entre el resto del personal de servicio y ella. Pero sabiendo agradar a quienes poseen el poder, pudo calificar de chismes todas las sospechas de mala conducta que sobre ella se hacían.

Transformaba así, de palabra, los grandes bolsos que sacaba de la casa convirtiéndolos en simples sobras que servirían para dar de comer a los pobres o para alimentar las gallinas de su casa.

La madre del niño sospechó que Juanita practicaba malas artes, cuando al no permitirle colaborar en la elaboración de las hallacas, fue amenazada por ella y el guiso comenzó a dañársele a los pocos momentos de terminada su cocción. Enormes gusanos surgieron de la olla y poblaron la cocina mientras Juanita se marchaba a su casa entre sonoras carcajadas.

De igual manera, confirmó sus sospechas cuando encontró en el baño del servicio unas velas negras encendidas ante una oración que, lejos de solicitar buenos favores, imprecaba a espíritus impuros a confundir los caminos de los enemigos.

Pero más grave aún fueron sus recelos cuando comprobó que el profesor De Luises cambió su conducta amable hacia ella por una agresividad inusitada, tras beber de un ponche que Juanita ofreció sólo a los maestros, entre los cuales únicamente De Luises bebió a saciedad. Enseguida cayó en una melancolía que Juanita se ofreció a curar con algunas decocciones y consejos.

A los demás maestros que probaron la bebida, esta les pareció de un sabor extraño, desagradable y abandonaron el intento de beberla, alcanzando sólo el favor de adquirir pasajeros dolores de cabeza.

La madre del niño quiere revelar qué se trae entre manos Juanita. Y se alía con la señora que hace la limpieza para desentrañar sus secretos.

Aprovecha que esa mujer es inquilina de Juanita y está cansada de sus desplantes y de un miserable trato al cobrarle la renta. Y conoce bien sus costumbres reservadas.

Con la ayuda de un detective amigo, la madre del niño hace seguir a Juanita. Cada paso es investigado hasta llegar al propio centro de los maleficios.

Preparando el asalto final, la madre del niño decide darle algo, como dice, de su propia medicina. Dibuja en la cocina, con carbón, pasos confundidos que van y vienen, valiéndose de una plantilla de zapato. Y ahorca una escoba detrás de una puerta.

Estos augurios obligan a Juanita a dirigirse a su centro de consultas, angustiada por las señales de un maleficio que desconoce.

En plena sesión de magia negra, la policía allana el centro de brujería y se lleva detenidas a una cantidad de mujeres desnudas que gritaban blasfemias y daban enormes alaridos, según cuentan los murmuradores.

Entre ellas a Juanita, acusada, además, por la bruja mayor, de traerle la desgracia a su congregación.

Juanita abandona el servicio de la casa, al verse descubierta y detenida.

Ahora rehúye hasta cruzar la vista con la madre del niño. Las pocas veces que se encuentran, Juanita se lanza a la calle para pasar a la otra acera, con el peligro de ser atropellada.

Sin embargo, el niño conserva el temor hacia las brujas de carne hueso y humo, como Juanita Ferrero.


Tres poemas Tres tiempos




La Imperfección

tiene su encanto

en este mundo

de rutinas

Siempre

que no sea tocada

por la exageración

La hermosa

asimetría

pasa ondulante

Todos la miran

El ruido

coro quedo

resalta

la melodía

Entonces observo mi reflejo

y trato de aprender

de los errores

que me permitirán

en su momento

la más humana perfección

De Espacios Temporales


En el delgado límite

entre el sueño y la vigilia

existe un mundo

donde convive

la clara conciencia

junto a la confusión

de imágenes primordiales.

Existo en esa línea,

entre esos dos estados

que se complementan

y se rehúyen.

Quiero reunirlos

en una claridad más diáfana

que la vigilia,

en un principio revelador

de los secretos de la vida y el universo.

Deseo entonces que en ese mundo

de claridades,

recién creado,

más real que la cotidianidad abotagada,

estés tú acompañándome.


Escribo estas palabras

para mí.

Pero si algún ojo nuevo

las descubre,

sepa que para él

estaban preparadas.

No porque yo tenga dotes de adivino,

sólo porque conozco

mis deseos

y esa inquietud de la palabra

por ser escuchada.

De Vacío Optimismo