domingo, 25 de abril de 2010

Movimiento Perpetuo V



Cuando recibió de manos de su padre, ya con vocación y hálito de difunto, el resguardo de la máquina del movimiento perpetuo, no supo qué decir. Era un gran honor, pero no sabía por qué, una gran responsabilidad, tal vez. Una carga, sí, eso sí era. Ni siquiera atinó a preguntar en ese instante supremo para qué servía. En su confusión, quiso saber solamente si tenía un manual de instrucciones, pero le pareció ridículo preguntárselo al agonizante padre, conociendo parte de la historia del aparato en su familia.

Sabía de su existencia casi inmemorial en su linaje que la veneraba desde siempre como un objeto sagrado. También conocía que había estado entre ellos desde el principio de sus generaciones y que a su vez la habían heredado de otra familia que se extinguió, la cual la había mantenido por cientos de años. Casi un tiempo indeterminado. Desde el momento en el cual sus ancestros se encargaron de su custodia ya habían pasado cerca de mil años bien contabilizados. Pero la máquina ya era antigua en aquella remota época, y desde allí, su arcaico origen se hundía en la más densa oscuridad.

Tomó la máquina con mucho cuidado para satisfacer el deseo que su padre expresaba con su último aliento y por tratar de detallarla escuchó sólo como su mecanismo se desplazaba dentro de ella como un río quieto, perdiéndose de las últimas palabras del ya difunto. Mientras lloraban los demás en la habitación, el observaba la máquina, cuadrada, encerrada en ese sarcófago de madera antigua y bronce en apliques, labrada cuidadosamente con figuras y caracteres que les eran desconocido hasta a los más versados eruditos. Vio que era perfectamente cuadrada y no parecía abrirse por ninguno de sus lados. La colocó en la repisa donde había estado desde que la habían identificado sus ojos de niño. Y desde la habitación donde velaban las primeras horas del difunto, vigiló la caja. Lo que no dejaría de hacer siempre desde ese mismo día.

En las exequias cargó con el sarcófago de la máquina junto al ataúd del padre. Antes del entierro la depositó sobre la urna unos instantes para retirarla con esmero y cubrirla con una pieza de seda negra par que las inevitables gotas de la lluvia no la tocaran. Acción poco menos que inútil pues solo distribuyó la humedad en todo su entorno. Al llegar de nuevo a su casa la colocó en su sitio y trató de secarla con aire caliente que le brindó a través de un fuelle que iba y venía de la cocina, donde recababa la atmósfera del horno. Al final vio que la superficie se había secado. Aunque unas huellas extrañas, como signos recónditos, había hecho aparecer la lluvia.

Por las noches, después que todos dormían en casa se acercaba a la máquina iluminada por velas y colocaba el oído en uno de los lados de su caja protectora. Allí nuevamente percibía el sonido del río que transitaba un valle, sin otra alteración que el lejano trino de los pájaros y el chapotear de peces.

Cada noche escuchaba más atentamente y adivinaba otras señales dentro de la caja, la brisa fresca peinando unos pinares el rugir de una fiera en la distancia, el choque del agua contra las piedras de su cauce calmo. La curiosidad lo merodeaba con lentitud parecida a la moderación.

Prefería, muchas veces, esa contemplación auditiva que el sueño reparador. Y en la mañana su rostro lucía más iluminado que si se hubiese entregado al profundo sueño.

Una noche, sacudido por cavilaciones acerca de la brevedad de la vida y los misterios de ese movimiento perpetuo, se acercó al arca de la máquina con ansiedad. Al aguzar el oído escuchó que el río que la surcaba había crecido. La estridencia de las piedras chocando, la tierra arrastrada junto a los peces el lamento de los animales lejanos y la queja de la fronda arrastrada lo perturbó. Separó su rostro y miró la caja con desconcierto. Una nube oscura comenzó a oscurecer sus pensamientos. Creyó que aquello era un augurio funesto.

En una semana sólo se acercó a la máquina encerrada en el arcón para iluminarla con los cirios de cera virgen que siempre tenía para ese propósito. Su ceño fruncido revelaba un sufrimiento que nunca había sentido.

Cuando nuevamente se acercó a la máquina le bastó la aproximación de unos centímetros para escuchar el bramido del curso desbocado. Apenas tanteó con sus dedos la superficie, la vibración inundó todo su cuerpo y palpó una humedad inexplicable que dejó una sombra de musgo en sus pulpejos.

Al día siguiente preparó todo con cuidado. Dejó que la noche tomara la casa y el sueño a todos sus habitantes y vino de nuevo ante la caja, trayendo consigo un gran bolso. De él extrajo sus herramientas de ebanista ya retirado. Hacía tiempo que había satisfecho sus necesidades y las de los suyos por lo que el taller era solo una distracción creativa. Siempre tuvo la idea de colocar una inscripción que le perpetuara en esa caja, tal vez como habían hecho sus ancestros olvidados. Y esa idea le atravesó la mente unos segundos.

Al prepararse para su labor, escuchó truenos en la máquina y en los intersticios casi invisibles de sus junturas adivinó el resplandor de los relámpagos. Sus manos temblaron pero presa de un súbito impulso inició su improvisada obra.

Con el despunte del alba lo encontraron sentado en la sala de la máquina, envejecido como una momia, inmóvil, con la caja sobre las piernas. La tapa superior había sido desprendida, dejando ver que su unión no obedecía a clavos ni pegamentos. Estaba lisa, parecía nueva y yacía en el piso al lado de él.

Adentro de la caja el vacío y el silencio. En sus ojos el terror de la nada.


1 comentario:

Elizabeth dijo...

Fascinate relato...