domingo, 5 de septiembre de 2010

Tres poemas brevemente iluminados



Me asomo

al borde de la noche

midiendo la caída infinita

Me concentro en sus espesas tinieblas

y de pronto

veo la oscuridad iridiscente,

perforada

irregular.

Distantes astros

me resguardan del total abismo.


Ni siquiera la sombra

más densa

deja de tener un orillo luminoso.

La caverna más honda y sumida

en la negrura

es recorrida por un serpenteante

rastro de fluorescencia

y en segundos esa luz se hace crepúsculo.


Me asomo a tus ojos,

solo veo claridad

en tu alma aflorada,

por eso me aferro a ti,

a tu mano que me ase

con sus diminutos dedos,

me abrazo a tu reflejo,

a tu recuerdo potente,

a tu voz de cítara encantada

en mis oídos cardíacos,

a tu promesa como una firme roca,

para no lanzarme

a los perros de la noche

al vacío tenebroso

al delirio más opaco.


Pero si me desprendo

por torpeza más que voluntad,

igual

te veré en el abismo de la noche

como estrella solitaria

que me espera

con el triste y gozoso consuelo

de abrasarme.

De Instantáneos


Si me pregunto

qué es la vida

siempre me asombro

y mi faz se torna pensativa.


Un dejo de luz

oculta

entre tinieblas

cualquier respuesta sensata


Acaso la vida

no tiene contestaciones

sino sólo preguntas

para que el viajero

se entretenga con ellas

en la larga soledad de su camino.

De En el inicio de la vida


El tiempo vuela

en pedazos

que se entierran

en el sentimiento


El tiempo vuela

la historia hecha polvo en el camino

y se mete en los ojos

del entendimiento


El tiempo vuela

sin llegar a posarse

en rama alguna

del diluvio existencial


El tiempo vuela

tus cabellos

y la vida,

entonces,

despierta a la luz.

De Breve Pesadumbre


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