Y el invierno ha llegado en el hemisferio norte. Mientras en nuestros predios tropicales la falsa nieve ocupa su lugar tratando de exaltar la imaginación de la gente, siempre que al sitio lo invada el aire acondicionado.
Nuestras costumbres han variado. Era de esperarse, pero siempre hay una tendencia a la reunión. Con mayor o menor grado etílico, pero destapa sentimientos escondidos y que se liberan en palabras que la lengua arrastra hacia afuera.
En otros casos existe una verdadera conciliación de cuentas, una verdadera unión. El cambio de estación parece producirlo.
Lo importante es conservar lo mejor de una costumbre, aunque la costumbre pase. Y siempre lo preponderante en ella es el sentimiento, lo intangible. El afecto que se esparce y que vuela como hojas secas llevadas por el viento hasta lejanos lugares del recuerdo.
Hoy, les ofrezco un pequeño relato sobre una foto. Casi anecdótico, pero que me produce ese encuentro con el recuerdo distante. Una imagen borrosa pero presente, dedicada a quienes creen todavía en la Esperanza y eL afecto . Y a todos los lectores. Que la felicidad los envuelva.
El padre Pou ocupó la habitación frente al patio. Siempre fue un cuarto de múltiples usos ese donde le fue asignado morar. Por eso, tal vez, también el sacerdote chino lo utilizaba de cocina, laboratorio y templo. El olor de la cebolla se unía con el del hiposulfito y el incienso en una mezcla que excita la curiosidad del niño de la casa. No era incienso litúrgico el que usaba. Era un penetrante incienso de inocultable raíz oriental.
El carácter del padre Pou era poco común para los otros habitantes de la casa. Siempre sonreía, como si nada de este mundo le preocupara, aunque disintiera de la posición del interlocutor quien, turbado, extraviaba todos los argumentos para la discusión.
A pesar de su afabilidad, pocos lo trataban y sólo se llevaba bien con el párroco y con el niño de la casa. Al primero reverenciaba de continuo. Al segundo le tomaba fotos que luego de procesadas en su cuarto, coloreaba a mano.
En un carnaval, cuando el niño se disfrazó de príncipe, como casi siempre lo hacía, la madre lo dejó ir, excepcionalmente con el padre Pou a la Plaza de la Concordia a tomarse una foto. El niño jugó en la rotonda, escuchando el eco de sus gritos, y queriendo oír en ellos las voces de los difuntos que allí se escondían, desde la época en que esa plaza era cárcel. El niño corría por las veredas de arbustos agolpados y piedra caliza bien tallada. Se escondía detrás de los setos y el padre que, para el niño, tenía superpoderes, no lo podía encontrar.
Sólo cuando la tarde se fue apagando y la luz era la precisa, el padre Pou coloca al niño en pose para la foto. Corrige la postura, retoca el maquillaje de un bigote y unas patillas pintadas con corcho quemado y hace varias tomas para regresar presuroso y justo a la misa de seis.
El padre Pou reveló las fotos e invitó al niño a observar el maravilloso proceso donde su imagen aparecía de la nada, tras una nube de humo. El niño descubre entonces que es del incienso el que mitiga el olor de los químicos reveladores.
El niño mira también el cuidadoso proceso de pintura de la foto cuando ya se halla seca. El padre con finos pinceles y mucha paciencia da color al rostro, ilumina las mejillas, abrillanta el traje de tafetán azul, la boina roja con pluma de ave zancuda, la espada de plástico semejante al metal y las plantas que le sirven de fondo. El príncipe está listo para mantener su mirada de niño por muchos años hasta su extravío.
La lluvia de hoy será de estrellas. Para quienes la puedan observar, atravesando las nubes o el sueño, será un espectáculo emocionante. Para quienes quieran, de verás apreciarla, no habrá obstáculos. La mirarán en el firmamento despejado o en su clara imaginación. Los efectos tal vez sean parecidos.
Con la lluvia de estrellas tal vez se puedan formular miles de buenos deseos. Entre ellos, el más importante será el deseo de convertir en realidad los sueños.
No es fácil conseguir la estrella que realiza ese deseo. Pero se puede. Está allí, cerca de ti. Pasa y te toca y continúa su camino. Sólo entonces te das cuenta que sí es posible construir lo que sólo era una idea. Tienes la fuerza, la intención, la potencialidad que inicia la acción. Y con tu trabajo perseverante, sobre ti mismo, lograrás seguramente lo que puede parecer imposible. La idea entonces es una realidad.
Los deseos de amor siguen ese camino. La idea se va transformando en una realidad en base al trabajo mutuo que acrecienta el sentimiento, es un trabajo en muchos aspectos. Pero si has encontrado a la persona para hacerlo, ha habido un encuentro con la estrella exacta. Y ella cumplirá tu deseo.
Hoy, en esta lluvia de hojas, va un cuento de una estrella, un deseo y un afecto. Tal vez dedicado a los niños y niñas que aún somos.
Lo hacía desde que supo que su nombre significaba Estrella.
Quería encontrar un lucero que fuese tan brillante como para ser la causa de su nombre, como para ser su propia estrella.
Creyó encontrar algunas, entre las miles que formaban la Vía Láctea, tal como le había dicho su madre que se llamaba ese enorme camino encendido de puntos luminosos que recorre el cielo de las noches sin nubes.
Unas le parecían hermosas pero lejanas, otras llenas de misterio y algunas otras demasiado pequeñas a su vista para representarla a ella.
Una noche, al comienzo de sus observaciones, creyó encontrar la estrella que buscaba. Un astro muy brillante apareció justo después del anochecer, encima de la montaña donde se había ocultado el sol.
Estela saltó de la emoción. Quería verla más de cerca, tenerla al alcance de su mano, hacerle preguntas como a una amiga. ¿Quién sabe si las estrellas responden todas nuestras preguntas? Pensaba alegremente.
Al acostarse, estela decidió ir tras su radiante astro.
Casi no durmió, esperando el día siguiente. Temprano, después de desayunar, preparó una mochila pequeña con una cantimplora de agua, dos panecillos y un chocolate, para el camino hacia la montaña de la estrella.
No le dijo a su madre a dónde se dirigía para que esta no pudiera evitar el maravilloso viaje que iniciaba.
Caminó todo el día atravesando el campo. Descansó pocas veces. La merienda que había llevado, apenas le alcanzó para animarse a llegar hasta la montaña.
Alcanzó la cima justo a la puesta del sol.
Los últimos rayos rojizos iluminaron más su emocionado y radiante rostro. El viento mecía sus cabellos como una antorcha de rojas llamas.
Junto a la noche fue apareciendo la estrella. El rostro de Estela seguía iluminado por la emoción.
La observó largamente. Habló con ella. Trató de tocarla tímidamente. Pero ya sabía. Estaba tan lejana… que era imposible de poseer.
En silencio, la continuó mirando otro largo rato. Hasta que la oscuridad de la noche le dijo al oído, a través de los sonidos nocturnos del campo, que debía regresar a su casa.
Triste, emprendió el retorno, para darse cuenta a los tres pasos que el camino había desaparecido en las tinieblas.
Estela lloró en la soledad. Y le pidió a su estrella que la guiara a su casa. Tanteando el camino sólo llegó hasta el pie de un pequeño árbol donde se sentó a esperar.
Unas luces breves comenzaron a verse a la distancia. Estela las miró atenta. Serpenteaban por caminos de oscuridad. Se acercaban.
Las llamadas por su nombre completaron la aparición. Las luces eran las de un grupo que la estaba buscando.
Poco a poco sus propios gritos respondieron y guiaron a la patrulla de rescate.
Al frente de ese grupo, venía su madre, quien al verla corrió, apartándose del equipo sin hacer caso al esfuerzo de la empinada subida.
Ambas lloraron de felicidad, al abrazarse. Estela, feliz, la miraba fijamente.
Los ojos de la madre brillaban de tal forma ante la presencia de Estela que, enseguida, ésta comprendió que allí siempre había estado la estrella que buscaba.