domingo, 18 de julio de 2010

Duende 1


Hay duendes que tienen la costumbre de esconder las cosas ajenas que encuentran. Generalmente aquellas que están fuera del lugar habitual. En una especie de venganza hacia el desorden, ocultan el objeto en sitios remotos de la misma casa o de los campos aledaños. En algunas oportunidades lo desaparecen casi definitivamente. No se podría decir que lo roban. Pero en algunos casos la codicia los ataca y algún objeto que les luce especialmente valioso, tratan, por todos los medios, de dejarlo para sí mismos. Aunque nunca lo utilicen o exhiban.

El oro de sus ollas, aunque se supone extraído de las profundidades de la tierra, en donde se enseñorean esos pequeños seres de formas un tanto repulsivas, tiene procedencias muy dudosas. Por lo general se componen de monedas acuñadas en las más disímiles épocas. Quienes las han visto –ocasión que se convierte finalmente en una desdicha– atestiguan fuentes tan dispares como Mesopotamia, Grecia y Roma antiguas y diversos reinos europeos, aparte que una u otra moderna pieza de colección de los siglos XVIII o XIX.

El duende cuyo nombre ocultamos por razones de la más estricta seguridad para las fuentes que revelaron su existencia, tenía esa costumbre insana de ocultar en su propia cueva las cosas que hallaba mal colocadas en las casas de un pueblo de las montañas. Igualmente de los alrededores.

Cómo aquel objeto fue a parar en un viejo taller de herrería que prestaba servicios a los dueños de los caballos del pueblo, nadie lo sabe. Lo cierto fue que el duende paseaba por el campo y al encontrar varias piezas metálicas herrumbrosas en las cercanías, continuó su búsqueda en el cobertizo que daba cobijo al taller, ahora más frío que una noche invernal pero que en sus mejores tiempos casi albergó las forjas de Vulcano. Allí en una caja de fierros, entre los despojos del tiempo y unas herraduras oxidadas, encontró aquella extraña lámpara de aceite. Y sin pensarlo -los duendes parecen no pensar mucho a la hora de sustraer metales- la echó en su saco y la cargó hasta su cueva.

Allí, mientras revisaba los trastos viejos recuperados de su paseo del día, se reencontró con la lámpara, el objeto más preciado y raro entre sus hallazgos. Tenía unas inscripciones, grafías desconocidas, a su alrededor y si se trataba de advertencias, pensó, él no le hacía caso a esas cosas. Su edad indeterminada le había hecho perder el temor a muchos aparentes peligros.

Debajo de la pátina del tiempo acumulado, el duende adivinó el dorado de un metal precioso del que estaba hecha la lámpara. Así que con un viejo paño fue frotándola hasta que apareció en su esplendor dorado. Junto a su descubrimiento áureo, una nube que no era de humo ni de vapor se fue condensando encima de la lámpara y, tras un sonido de trueno afónico, apareció un genio.

Nunca se sabrá quién se sorprendió más. Si fue que alguno se sorprendió con el hallazgo ante sí de tan increíble criatura. Pero los dos simularon sorpresa.

El genio suspiró hondamente creyendo que ese no era su siglo de suerte. Sabía de la fama de los duendes como timadores, aunque también sabía que a ellos los perdía la desmedida avaricia.

El duende masculló unas palabras y no dejó ver su intención –generalmente nunca la dejaba ver. Más bien pareció molesto por el hallazgo, disgustado como siempre de no poder exhibir ni vender su preciada posesión. Ahora, según dijo tendría que manejar a un genio seguramente estúpido que cumpliría sus órdenes al pie de la letra. Subrayó estas últimas palabras con lento cuidado.

El genio cumplió con su obligación de ofrecer los tres deseos a su diminuto amo. En cierto momento pensó que podía pedirle crecer un poco o incluso darle esa posibilidad de gracia. El genio imaginaba y apostaba consigo mismo cuáles serían los deseos de su dueño. Además de eso del tamaño, cosa bastante improbable como deseo, según inmediatamente corrigió, seguramente le pediría toneladas de oro, pero no se le ocurrió nada más. Los duendes suelen ser muy simples en sus complejos, pensó el genio.

El duende estuvo largo rato paseándose por la cueva, pensando en voz alta, pero en un idioma desconocido para los genios, según creía. Pensaba qué podía pedir sin quedar preso de los trucos de la ambición que siempre presentaban los genios.

En cierto momento se detuvo y miró directamente a los ojos al genio y le dijo tú sabes cuál es mi primer deseo, concédemelo. Quieres que adivine tu primer deseo y te lo conceda, dijo el genio. Pero el duende con un gesto impositivo le gritó, ¡no! No quiero que adivines nada, ese sería un primer deseo, adivinar y no voy a caer en ese viejo truco. Tú lo sabes, porque lo vi apenas saliste de la lámpara y me miraste. Vi que sabías que yo lo que deseo es oro, mucho oro. Cuánto, le preguntó el genio. El suficiente como para llenar diez cuevas como esta. Bien –dijo el genio- quieres diez cuevas como esta, llenas de oro. Alto, alto, alto, no me vengas con eso porque sé que entonces el primer deseo serán las diez cuevas y el segundo el oro, no, no y no. Dame suficiente oro como, repito, como para llenar diez cuevas como esta. Bien, amo, ¿pero dónde lo coloco? Si lo dejo afuera de la cueva estaría expuesto al latrocinio y la depredación, dijo el genio que había aprendido mucho de su estada con un profesor de lengua y literatura ahora convertido en enciclopedia. Tienes razón, pero para eso te tengo a ti por si acaso vienen a robarme, así que llena la cueva y el resto me lo dejas afuera, yo lo iré escondiendo poco a poco. Muy bien amo, respondió el genio con muchos deseos de llamarlo amito aunque se contuvo, pero debes saber que yo no soy un vigilante, así que te advierto que si quieres que me convierta en vigilante de tu tesoro me lo debes pedir. No, no, no, señor genio, no y no. Yo me encargo. Sólo dije que te lo pediría en caso de necesidad. Sólo te pedí el oro.

Enseguida el oro inundó la cueva, en lingotes, monedas polvo y pepitas, además de medallas, cadenas, dijes, copas y prendas diversas. Tanto que casi asfixia al duende que tuvo que cavar apresuradamente una salida sin dejar de sostener la lámpara. Vaya, genio del infierno, casi me sepultas para que te pidiese que me sacaras de allí, lo sé pero conmigo no valen esos trucos.

Afuera de la cueva una montaña de oro refulgía al sol de mediodía. El gigantesco reflejo, a todas luces extraño, llamó la atención de los habitantes del pueblo cercano, quienes se acercaron al sitio, recelosos al principio y luego sorprendidos. En poco más de un día todo el oro del duende fue saqueado. No sólo el de la superficie sino el de la cueva y hasta la pequeña botijuela en la que guardaba dientes de oro y otras chucherías menores que había encontrado en sus caminos.

Durante todo el tiempo que duró la expoliación el duende, enfurecido, tan sólo lanzaba maldiciones contra los saqueadores de ocasión, pero se contuvo de llamar al genio para salvar su caudal. Al final el genio, sorprendido pero sonriente, le dijo De qué te vale tener un tesoro que ya no es tuyo. Has debido pedir que se enriqueciera la gente del pueblo y así conservabas tu erario.

Sí, si, cómo no, esos son dos deseos y qué me garantizaba que después igual no me lo quitaran -respondió el duende.

Pero ahora nada tienes.

Te tengo a ti. Devuélveme el oro que se llevaron.

Bien. Dijo lacónico el Genio. Es tuyo de nuevo.

Al punto otra vez la montaña de oro apareció atapuzando la cueva, de paso. El duende sonreído miraba su enorme fortuna y poco a poco su faz se entristeció al darse cuenta de su error. Estaba como al principio, con todo ese oro al descubierto. Y tendría que darse prisa en ocultarlo.

El genio avanzó hacia el duende y haciéndole una gran reverencia le quitó la lámpara de un manotazo. Fue un placer servirte pequeño ser de las profundidades terrestres, le dijo.

¿Cómo? Si me falta un deseo.

Sabes que no. Me mandaste quitarles el oro a esos pobres habitantes que ya vienen en tumulto de nuevo hacia acá y dártelo de nuevo a ti. Pues ya no era tuyo. Dos deseos. Habías dejado abandonado tu oro y pasó a ser de otros. ¿O no es eso lo que dices de las cosas que encuentras mal puestas? Le dijo el genio mientras se retiraba al bosque tarareando una antigua canción persa.


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